lunes, 28 de noviembre de 2011

Divenire.

Cabeza alta. Mirada al frente. A veces imagino cómo sería salir corriendo y sentir, exhausto, que con cada bocanada de aire revive mi alma. Me evado, así, del mundo que me rodea, dejo de ser quien soy para convertirme en quien quiero ser. En muchas ocasiones he deseado sentirme arropado por tus sentimientos, entrar en calor con tu mirada y congelarme con el roce de tu piel. Aunque, nunca consigo llegar a tanto. Respirar hondo. Últimamente no dejo de hacerme esas preguntas que no tienen respuesta, esas que todo el mundo ansía conocer. Pero no soy más que un destartalado títere en este mar de dudas llamado vida. Nada tiene sentido si no es disfrutando de la noche blanca, del día oscuro. Nada permanece callado a no ser que se le pregunte al cielo, quien te contesta en forma de viento, en forma de melodía utilizando como violines las hojas de los árboles, como pianos la hierba y las flores. Vivir. Quiero contar amaneceres contigo, jugar a no tener miedo cuando estoy sin ti, mirar a la luz y que sea tu sombra quien me enseñe a andar. Anhelo llorar en forma de invierno, reír con voz de primavera, tocarte con la dulzura del otoño y observar con el descaro del verano. Volar en dragones, domar libélulas, comerme las nubes, aplastar el sol, coleccionar galaxias. Ser fuerte. Jamás apartaré mis ojos del horizonte. Jamás me pararé en medio de la nada. Jamás cambiaré mi manera de ver el mundo que me rodea. Jamás. Y seguir con mi camino, con la cabeza alta, mirada al frente, disfrutando de la vida, siendo demasiado fuerte para perder.



sábado, 12 de noviembre de 2011

El porqué de mis caricias.



¿No sería maravilloso que descubriéramos mundos juntos? Llegar hasta lo más alto, romper las leyes de la física y correr por la superficie del mar guiados por las olas, seguidos por el viento. Sería maravilloso. Demasiado como para ser real. Ojalá y fuéramos capaces de, aunque fuera, mirarnos sin temer por las palabras que no saldrán de nuestros labios. No entiendo por qué tanto por un silencio si para ti no dicen nada. ¿No sería maravilloso que vieras lo que yo veo? Que creyeras mis delirios y locuras cuando te susurro al oído que, antes que un "te quiero", prefiero una de tus sonrisas. O el incomparable sonido de tu voz, que distinguiría en medio de la más ruidosa multitud. Porque, quieras o no, sé el momento exacto en el que me miras, aunque no lo hagas de la misma manera que yo lo hago. Yo te dedico una mirada tierna, llena de significado que, ni con el mejor de los diccionarios, podrías adivinar jamás. ¿Pero cómo decirte todo esto sin tener luego que arrepentirme? La respuesta no es sencilla, pero mi corazón la contesta una y otra vez en cada unas de las noches que me duermo bajo la tenue luz de las farolas: escribiré durante el resto de mi vida pensando en ti, dejando mis lágrimas caer en el papel para que ellas solas dibujen tu rostro en medio de la nada, desearé que alguna vez leas esto y pienses "ojalá y fuera para mí", porque será ese el momento en el que te darás cuenta, de que cuando te mire y te bese, las grietas de nuestros labios encajarán a la perfección. Sí. ¿No sería maravilloso que te describiera por una vez el porqué de mis caricias? Las que te regalo sin que te des cuenta en un mundo solo para nosotros. Ese que he estado imaginando desde el día en que te conocí.

martes, 1 de noviembre de 2011

De pequeños deleites a grandes placeres.

Los rayos del sol atravesaban los pequeños huecos de la persiana. Ella seguía tumbada, tapada por las sábanas, cubierta por la inocencia. Sabía que podía estar dando vueltas en la cama todo el tiempo que quisiese. Adoraba el calor en una fría noche de invierno, levantarse despeinada y mirarse al espejo con el pelo enmarañado, esconderse debajo de una manta y encogerse sobre sí misma para que los latidos de su corazón dieran vida a todas las partes de su cuerpo. La noche de antes había quitado previamente las pilas del despertador para no tener que lamentar el escuchar su molesto pitido. Odiaba tener que estirar el brazo para apagarlo, que se le congelara la piel a medio camino y que ello conllevara no poder seguir durmiendo plácidamente. Eso sí, le encantaba oír a los coches pasar por la carretera, al cartero hacer su trabajo mientras silbaba la típica canción de los anuncios de televisión, al chico del periódico lanzar la gaceta a la puerta, produciendo un sonido sordo que se oía por toda la casa, al perro del vecino ladrar con el vuelo de los pájaros que paraban en el árbol de su jardín, y así podría concurrir toda una mañana de pequeños deleites a grandes placeres. Su almohada se transformaba en un lienzo cuando su cabello se posaba sobre ella, dibujaba hermosas formas sin ser consciente de ello. Siempre que soñaba acaba con una sonrisa en su rostro pues cumplía lo imposible, lo que en la vida real no es más que una fantasía. Ella era su propio cuento de hadas, era su heroína, su protagonista en una historia con final feliz. Pero, como en toda mañana, llegaba el momento de pisar, descalza, el frío suelo, de poner los pies en la tierra. Eso sí, antes de que el mundo de sus sueños se desmorone a causa de la realidad, abre los ojos y mira los rayos del sol atravesar su ventana. Después, dice: "Buenos días, mundo", acompañando sus palabras y su voz ronca con una enorme sonrisa que alumbra la habitación sin necesidad de subir la persiana.