lunes, 17 de diciembre de 2012

Mi dosis diaria de sufrimiento.

El autobús parecía querer desplomarse. Bueno, en realidad el que quería desplomarse era yo. Los asientos de atrás temblaban más de lo normal y por un momento pensé que eran mis escalofríos lo que lo provocaba.  Aquella situación era un buen ejemplo de cómo me encontraba: fuera, la vida se escabullía y huía de la realidad, mientras que el interior permanecía inmóvil, sin sufrir ningún cambio, monótono. ¿No te das cuenta de que todavía recorres mis venas? Prometí olvidarte y superarte y no estoy cumpliendo mis promesas. No dejaba de mirar la frase: "Romper en caso de emergencia" de los cristales. "Lo mío ya no es una emergencia, es un caso de vida o muerte", pensaba, ensimismado.

Llevo tu aroma a cuestas y no estoy contigo, sonrío recordando lo que nunca hemos tenido.

Era doloroso, incluso más que mi estridente música, que parecía estar dispuesta a reventarme los tímpanos. Dame tu silencio y yo te daré mi voz, dame tus besos y te daré mi vida para que se vuelque en ti. Dame fuerzas.


Parecemos dos imanes del mismo polo. Cuanto más te acercas a mí, más me alejo.

Los cascos apretaban mis oídos fuertemente, se abrazaban a mí igual que yo ansiaba hacerlo contigo, y conseguían evadirme del mundo, ese que últimamente me tenía amarrado al suelo y me impedía volar, ese que me había arrojado a la mierda y me había prendido fuego. Quiero verte como lo que somos y no como lo que a mí me gustaría que fuéramos; sin embargo, una parte de mí no quiere aceptarlo, y es la que me inyecta mi dosis diaria de sufrimiento. ¿Me reconocerías tras la penumbra? Porque me sumo en ella cada vez que estoy a tu lado, y me siento como si fuera una sombra más en un mundo de oscuridad. Ojalá e hicieras que mi música tuviera sabor, que el sol enfriara, que la luna calentara, que el aire mojara, que la lluvia hiciera perdurar los recuerdos.

Sigo despierto y quiero soñar, pero cuando esté soñando querré despertar.


domingo, 2 de diciembre de 2012

Que se hundan las montañas, pero tú, no.

—Di algo.
—Lo siento.

Otra vez. Otra jodida vez pidiendo perdón por mis errores. Esos que creo que he arreglado pero que no consigo superar. Tengo tanto miedo a amarte y, en el segundo después, a odiarte... cuando un día pienso que no duele, el siguiente me sorprende demostrándome que el dolor nunca desaparece. Se oculta, espera y vuelve a atacar a su presa, vuelve a sacudirme con sus garras y me deja herido en el suelo, paralizado de frío y perdiendo vida con cada bocanada.

—¿Por qué?

Mierda, no consigo hablar. Solo puedo expresarme mediante sollozos y suspiros. Las lágrimas se secan nada más caer.



—Porque te culpo de todos mis problemas cuando no tengo razones para hacerlo —añado.
—Pero yo tampoco puedo culparte por ello, sé que si pudieras elegir, escogerías que esto no fuera así.

Pero he deseado que desaparecieras, que olvidaras mi nombre, mi cara y mis abrazos, he deseado que se disiparan nuestros recuerdos. He querido arrebatarnos lo más bonito que tenemos. ¿No soy horrible? Súmale el adjetivo "egoísta". Eso es lo que soy. Siento un dolor punzante en el pecho cada vez que sonríes porque sé que no lo haces pensando en mí. Cada vez que oigo su nombre de tus labios hierve mi sangre y mi sentido común pierde el conocimiento dejándome expuesto a la realidad. Jamás pensé que llegaría a sentir esto, que ahora el que esquivara tus palabras fuera yo, que fuera yo el que te dedicara silencios porque no quiero hablar.
Me gustaría acabar con esto y no puedo, no sé cómo, no soy capaz. Creo que mis instintos más irracionales son superiores a mí. Me odio. ¡ME ODIO! Quiero gritarlo para que todo mi ser lo escuche y lo interiorice, que se haga a la idea de que no quiero permitir que esto siga así.
Sin embargo, no imaginé que esto ocurriría. Las noches de dormirme pensando en ti, han vuelto, pero a pesar de ser todo tan parecido, es sumamente diferente.

—Me hundo. Con cada día, me hundo más.
—Pues que se hundan las montañas, pero tú, no.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Reminiscencia.

¿Es el tiempo el que me cura o soy yo mismo el que se recupera de su enfermedad? Porque sí, estaba enfermo, casi terminal. Todos los enamorados lo están, solo que los síntomas se manifiestan cuando deja de surtir efecto. Provoca una grave distorsión de la realidad de la que uno, jamás se da cuenta; ataques nerviosos que se concentran en tu estómago, en tus temblores al verla; pérdidas de apetito cuando estás en soledad y ganas de comértela a solas con ella; delirios, falsas quimeras, fobias, dolores en el corazón, arañazos en el alma, depresión, euforia. Preso de una locura en el que la llave de tu cerradura, eres tú.

**

"—No sabe lo que quiere.
—Sí sabe una cosa, y es que no me quiere a mí."


No había nada que pudiera hacer para que mis propias palabras no se hincaran en mí y me proporcionaran tal dolor. Me odio por haber tardado tanto en darme cuenta de esto; en ver que mi ceguera era mi mano tapando mis ojos. Y lo que quema la luz al verla por primera vez. Sin embargo, tras todo ese pesar, puedo decir que era gratificante. De hecho, el dolor disminuye, como si mis células se encargaran de eliminarlo poco a poco de mi sangre, como si mis pulmones lo expulsaran y el aire lo disipara, como si mis músculos lo utilizasen como gasolina y fuera, este, el que me da fuerzas.

**

Animal.
Tierra en mis dientes.
Carne cruda.
Hierba en mis encías.
Lágrimas en mis ojos.
El viento por música.
Radiactivo.
El agua por guía.
Valiente.
Fuerte y sublime.
SALVAJE.


lunes, 5 de noviembre de 2012

Paura.


Conforme crezco, mis miedos crecen conmigo, pero por ello, también cambian.
Solía tener miedo de sombras, fantasmas, ruidos en la noche y muebles crujir. No puedo evitar soltar una sonrisa al pensar que me resultaba más tenebrosa la cómoda que la oscuridad. Recuerdo acurrucarme en una esquina de la cama deseando que todo aquello acabase y, al final, lo hacía. Todo llegaba a su fin, en un doloroso silencio en el que solo podía escucharse mi fuerte respiración, mis pestañas rozarse en cada parpadeo y mi pulso acelerado. Ahora, tengo miedo a enamorarme o, incluso, a no llegar a hacerlo. Tengo miedo de que el amor vuelva a hacerme vulnerable y me desgaste por él; pero, a la vez, me horroriza pensar que jamás encontraré a nadie que me brinde el otro lado de la cama, que comparta conmigo sus besos, sus manos sobre mi cuerpo —y las mías sobre el suyo, paseando por sus hombros y sus vértebras—, sus pies fríos enfriando los míos en una de esas oscuras noches de invierno. "El amor se lo deseo a cualquiera; el desamor no se lo deseo a nadie." Solía temerle a la muerte, pero me he dado cuenta de que la vida es mucho más dolorosa. La muerte es en realidad el miedo al olvido, a que nadie te recuerde cuando tú no estés, pero siempre hay alguien que lo hace. Morir puede ser horrible, pero vivir puede llegar a ser mucho más agonizante. Antes, temía enfrentarme al mundo, ahora tengo miedo de que sea el mundo el que se enfrente a mí y no sea capaz de soportarlo. Ser fuerte se ha convertido en algo constante, algo que, si lo dejo atrás, conseguirá aplastarme. Solía tenerle miedo a perderme y ahora lo único que detesto es encontrarme. Solía temer hacer daño a los demás, últimamente lo único que me horroriza es hacerme daño a mí mismo y sufrir más de lo debido, pues creo que llevo mucho tiempo permitiéndome el lujo de aguantar el dolor. Antes, temía a las mentiras; en estos momentos temo a la verdad.
Solo me queda suspirar. Porque, es que, tengo miedo a no ser suficiente, a que enloquezca mi mente. Que no duela respirar...

viernes, 2 de noviembre de 2012

Rancio hedor a gasolina.

Olía a gasolina, pero le gustaba el hedor; el cielo era gris, pero brillaba como jamás lo había hecho; la muerte pervivía, la vida palidecía ante su poder. No soplaba el viento, lo que era buena señal, significaba que no habría nada que lo empujase al caminar. El sonido de las alas de los insectos no le dejaba pensar, los disparos lo desconcertaban, los gritos le ensordecían. Metía las manos en los bolsillos para que el frío no las  atacara, las yemas de sus dedos comenzaban a transformarse en escarcha. Su sombra fue desvaneciéndose entre las baldosas, entre los charcos de barro que se mezclaban con los de sangre. La noche usurpó sin previo aviso la ciudad; la luna no era luna, era fuego. Los insectos cesaron de moverse para perecer, las balas se agotaron, el terror se dispuso a descansar y durmió en silencio, pero alerta.
Entendió que el mundo nunca paraba, si no que somos nosotros los que nos quedamos atrás; entendió que el concepto "fácil" era tan solo aplicable a lo que no tiene importancia, pues lo "difícil" es todo aquello que nos hace luchar.


Sus pisadas se clavaban en el asfalto y lo manchaban, dejando su huella, haciéndole vulnerable, descubriéndole al mundo. De repente, un sonido inocente y dulce parecía destruir el propio caos. Una nana sustituyó al viento, mecía las hojas de los árboles, movía las puertas haciéndolas chirriar, sin embargo, era agradable. Las nubes, en llamas como la luna, emergían de entre los edificios, evaporaban la sangre, el dolor y el miedo, aunque después lo convertían en una espesa niebla que se volvía permanente y lo rodeaba, impidiéndole ver el horizonte y dejando sus huellas olvidadas.
Comprendió, al fin, que estaba solo, y que lo estaría para siempre.
Y, poco a poco, conforme caminaba y los insectos resucitaban y la luna explotaba y la sangre hervía y los gritos resurgían de entre la muerte, el olor a gasolina se fue acentuando. Pero le gustaba.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Ese mundo sin recuerdos.

Estaba sentado en su butaca de siempre —amedrentada por el transcurso de los días— con las manos en las rodillas, en silencio y aparentemente impasible, en frente del televisor, observando las imágenes moverse de un lugar a otro, aunque sin prestarles demasiada atención. La luz que atravesaba las ventanas iluminaba su cara, ya desgastada por la edad. Yo lo miraba con curiosidad y con cariño desde el otro lado de la habitación, congelaba el tiempo durante unos instantes para poder mirarle sin que nadie me objetara nada; llevaba tiempo sin verle y, aun habiendo pasado apenas un mes, estaba muy diferente. Desperté de mis pensamientos y me acerqué para sentarme a su lado, sin embargo, no parecía haberse percatado de que estaba ahí. Desde aquella perspectiva, la luz hacía brillar sus hermosos ojos azules —esos que me habían cuidado no hacía muchos años atrás— y su pelo blanco parecía ridiculizar la viveza de la nieve. Pero, cuando se giró para preguntarme cómo me encontraba, sabía que aquel brillo había desaparecido. Era como si, en vez de mirarme, me atisbara desde lo lejos; el tono de su voz era distinto, ya no adquiría esa calidez que lo caracterizaba.
Me había convertido en un invitado más.
Me gustaba darle conversación y regalarle mi compañía, tenía la esperanza de que saltase alguna chispa en su cabeza y todo fuera como antes. Mas, no pasaba. Agregaba cosas sin sentido a las que yo no sabía qué contestar y sentía su frustración por haberse equivocado, yo le tranquilizaba diciéndole que no pasaba nada y, entonces, conseguía relajar sus músculos. De vez en cuando intentaba adivinar sus pensamientos, aunque eran meras suposiciones, sabría que jamás podría meterme en su cabeza y entender la manera que tenía de ver su nueva realidad.
Miré el reloj y, con tristeza, me levanté del sofá. Rodeé la mesa y me coloqué en frente de él —levantó la cabeza para mirarme a los ojos—, me acerqué a su oído y le susurré: "me tengo que ir. Te quiero, abuelo". Por un momento ese brillo familiar le inundó el rostro. "Y yo a ti. Estás hecho todo un hombre", me contestó. Anduve con paso lento hacia la puerta sin intención de marcharme del todo, pero, tras cerrarla, supe que ya no se acordaría de mí, que me había olvidado.
Él siguió sentado en su butaca de siempre, mirando el televisor sin prestarle atención a ese brillo con el que me había despedido y el cual se desvanecía poco a poco de su mirada, conforme pasaban los segundos. Regresó a ese mundo sin recuerdos, del que siempre intento sacarle pero al que siempre vuelve, como si estuviera encadenado a él. Aunque, me consuela saber que, a pesar de que él no se acuerde de mí, yo siempre le recordaré recordándome.

domingo, 7 de octubre de 2012

Él era el incendio de un bosque.


Sabía que iba a empezar a llorar cuando un cosquilleo le aparecía en la nariz y llegaba hasta sus ojos. Sin poder remediarlo el mundo que conocía se iba desvaneciendo, humedeciendo. Al final dormía ahogado en sus lágrimas, más saladas y espesas que nunca. Aquella situación le arrebataba toda su energía. Jamás pensó que la vida pudiera ser tan puta. Si todo ocurría por alguna razón, ¿qué lección quería darle el destino esta vez, acumulando problemas y situaciones que nunca hubiese querido comprender? Buscaba inocencia y encontraba dolor; deseaba ignorancia y se topaba de bruces con la realidad. Murmurar injurias no mejoraba las cosas, de hecho, las empeoraba, pero era el único medio que tenía para desahogarse con plenitud, pues, cuando escribía, algunos sentimientos se quedaban encerrados entre sus uñas y nunca volvían a resurgir. Sabía que era fuerte cuando lanzaba las sábanas al otro lado de la cama y se levantaba, pero últimamente eso no parecía funcionar. Que una sonrisa no significa alegría, pero una lágrima tampoco tristeza. ¿Podéis imaginaros que nunca había llorado de felicidad? La vida no le había brindado ninguna situación que lo requiriese. El dolor físico tenía fecha de caducidad, pero el emocional no, se agarraba a sus entrañas día a día, creciendo con lo que comía, aprendiendo a sobrevivir cuando es olvidado y sabiendo volver para ser recordado. Perdura en el tiempo más que un golpe, porque este te da uno detrás de otro sin dejar tiempo a la curación. Y, cuando conseguía conciliar el sueño, se percataba de que la ventana estaba abierta y de que el frío había convertido las lágrimas en escarcha. Era entonces cuando quería pedir perdón. Perdón por no conseguir avanzar y quedarse estancado en el mismo montón de mierda de siempre, que él mismo había formado. Perdón por sus enfados repentinos  y por las palabras que salían de su boca pero que, en realidad, no tenían ningún significado para él. Perdón por todos los errores que había cometido y que ya no podría enmendar, por dejarse guiar por su cuerpo y no por su alma, por haber creado todos sus problemas. 
Porque, él era el incendio de un bosque. Autodestrucción.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Inalcanzable.

Últimamente, mis manos se mueven a una velocidad vertiginosa cuando las coloco encima del teclado. Parecen ansiosas de contarles al mundo lo que su dueño siente. El problema es que es sobre ti y me prometí que no volvería a dedicarte uno de mis textos, pero son las promesas que me hago a mí mismo las únicas que me permito romper. Debería ser capaz de olvidarte, de mirarte y no sentir nada, ni el mínimo cosquilleo recorriendo mis costillas hasta llegar a mi estómago; pero parece ser que no quiero aceptar el hecho de que ahora, eres totalmente inalcanzable. La duda era una asesina a sueldo que me mataba poco a poco, pero la verdad me ha propinado tal puñetazo que todavía siento dolor. ¿Sabes qué es lo que me fastidia? Que con cada latido bombeo parte de ti a todo mi cuerpo, y es esa esencia que todavía guardo la que, de nuevo, está acabando conmigo. Debería dejar de enamorarme de ti día tras día, porque lo único que consigo es acrecentar mi agonía, sin embargo todavía no logro acostumbrarme a vivir sin una ilusión, que eras tú. Me da pena ver que todos mis deseos se desvanecieron en un instante, en el mismo instante en que me sinceré, creyendo que estaba preparado para una respuesta que ya conocía, pero que no quería conocer. Fue entonces cuando me di cuenta de que el mundo no iba a pararse para mí. Nunca lo hace. Sigue un rumbo acelerado y egoísta. O quizás el egoísta sea yo. Debería deshacer los nudos que todavía me atan a ti. Debería, pero mis manos están demasiado débiles para hacerlo, malgastan su energía en escribir sobre ti cuando juré y perjuré que no volvería a hacerlo, porque sabía que afloraría unos sentimientos que intenté, por todos los medios, esconderlos bajo mi piel. Creía que ibas a ser el comienzo de una bonita historia, sin embargo has acabado siendo una novela interminable con las páginas en blanco, mojadas por mis lágrimas y arañadas por mis uñas. Has terminado siendo todo lo que yo no quería: un amor imposible.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Believe.


No necesitaba peinarse, el aire lo hacía por ella mientras azotaba su rostro levemente magullado. Pedaleaba tranquila, mirando al frente, esperando divisar el final de su camino que nunca llegaba. Apretaba con fuerza el manillar, aferrándose a lo único que tenía.
—¿Por qué huyes? —le preguntaron las hojas de los árboles.
—No huyo, busco una nueva oportunidad —gritó a la nada.
—Caerás en el intento —piaban los pájaros sobre su cabeza, como esperando a que se derrumbara y se convirtiera en una dulce carroña.
No había llegado a su destino cuando paró en seco, deseando que una fuerte lluvia la golpeara y transformara la tierra en barro, así podría hundirse sin sentir dolor. Dejó la bici a un lado y apartó su flequillo de sus ojos. Las nubes se paseaban sobre el agua, flotando como los patos que solía ver surcando los cielos. Se percató de que todavía tenía esa cara de niña al mirarse en el reflejo del lago; jamás la había abandonado y, de hecho, nunca lo haría. Era parte de ella.
—¿Por qué sufres? —le preguntaron los peces.
—Porque es lo único que me permito hacer conmigo misma —susurró.
—Mereces vivir —dijo el sol acariciando su mejilla cariñosamente.
Por unos instantes quiso fusionarse con su reflejo e ir a ese mundo que tanto ansiaba conocer, a ese universo que había creado pero que se había perdido entre la pintura de un cuadro, la tinta de una historia y las notas de una canción. ¿Para qué vivir una mentira real cuando podía vivir una verdad distorsionada? La inocencia brillaba en sus pestañas, junto a sus lágrimas.
—¿Por qué lloras? —le preguntó el viento.
—Porque soy fuerte —contestó.
Sin embargo, esta vez, no obtuvo ninguna respuesta, porque sabía que ya las había escuchado todas. Se levantó, fue hacia su bici y siguió pedaleando dejando atrás su reflejo, sus ilusiones y su llanto. Se perdió entre bosques, encinas, montañas y valles; rió cuando tenía que llorar y suspiró cuando tenía que respirar. Aunque, jamás volvió. Libertad.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Corazón quebrado, alma envenenada. Pero soy fuerte.

Hoy es un día especial. Sí. Hoy, seis de septiembre, es un día especial. No el más feliz de mi vida —ojalá y lo hubiera sido— pero aun así, jamás lo olvidaré. Tengo el corazón quebrado y el alma envenenada por mantenerla tanto tiempo encerrada; he pasado miedo, he temblado —y no de frío— y me he quedado sin habla en unos pocos minutos. Pero, sinceramente, siento una agria felicidad. He saboreado una horrible decepción que todavía está asentada en mi paladar, pero que no tardará en irse. He aprendido unos valores que mantendré conmigo el resto de mi existencia: ser fuerte, porque lo que he conseguido hasta ahora era impensable para mis sentidos. Mantenerse de pie, caminar erguido, tropezar, caer, levantarse; ser valiente, porque ser cobarde es demasiado fácil, que si las palabras no salen de tus labios debes arrancarlas con los dedos y dejarlas flotar. Ten por seguro que llegarán a manos de alguien que les dé significado; y aceptar con resignación que las cosas no tienen por qué salir como uno quiere. Siempre tendré los mismos miedos, se han clavado con uñas y dientes en mí, pero ahora sé que pueden superarse o, en el peor de los casos, olvidar que están ahí. Mis heridas se curarán con el tiempo, el viento recogerá mi sangre y la lluvia sanará mi cuerpo.
Hoy es un día especial, porque debo darte las gracias. El destino te ha colocado en mi camino de manera precisa y acertada. Me has cambiado la vida. Aun así, no pienso volver a escribir sobre ti. Nunca más. ¿Te has percatado de que todo llega, pero que tú nunca llegaste? Porque el amor duele más que un rasguño y yo ya me he cansado de sufrir.

lunes, 20 de agosto de 2012

Un susurro, un instante.

"—Me encanta el color verde que adquieren las hojas de los árboles en primavera.
—Ah, ¿sí? —digo.
—Sí.
—Pues a mí me encantas tú."


Esa —y otras— es una de las muchas conversaciones que habría tenido contigo. Es como esa oportunidad que te brinda el destino y que tu cuerpo es incapaz de desaprovechar, pero que al final lo haces y la dejas marchar. La incertidumbre aumenta con el paso de los días. Mis "te quiero" guardan mucho más significado del que tú crees, y perjuro todas las noches el que tu no seas capaz de verlo. Llegará un momento en el que el sol enfríe y yo sea lo que siempre he querido ser, valiente. Me gusta dormir porque sé que tengo la posibilidad de soñar contigo; pero hay veces que aunque los párpados pesen, el alma no quiere descansar. Piso el suelo despacio para no caerme, porque sé que si lo hago no seré capaz de levantarme. Escúchame cuando te digo que tu sitio está en el cielo; no puedes seguir siendo una estrella anclada en la tierra. Odio cuando las canciones adquieren forma y se transforman en ti, porque no tengo más remedio que cerrar los ojos y verte delante de mí, inalcanzable. Que cuando estoy en la cama las sábanas se arrugan a mi lado como si tú estuvieras tumbada en ella. Un mordisco, un beso en la mejilla, un susurro, una caricia. Un verano, una tarde, un atardecer, un instante.
Mierda. Paso más tiempo imaginando las cosas que viviéndolas, y contigo me queda mucho por vivir.

martes, 7 de agosto de 2012

Tus once lunares.

Es todo demasiado extraño y demasiado inusual como para que sea capaz de asimilarlo. Siento un característico cosquilleo en mi estómago, que contagia a mi corazón una estrepitosa velocidad; siento un vacío que soy incapaz de rellenar y creo que todas mis soluciones están en ti. ¿Cómo quieres que siga adelante cuando ya he visto las marcas de las sábanas en tu piel? He contado los lunares de tu espalda —once, como para no recordarlo— y podría describirte cada ápice de tu cuerpo con total exactitud. Me gusta mirar tus pestañas mientras duermes, cuando crees que estamos soñando juntos; me gustan tus temblores cuando la brisa de la ventana azota tu cuerpo sin tu permiso; me gusta el color que resurge de tus mejillas y la forma en la que curvas los labios cuando sonríes bajo un hermoso sopor. Tu respiración en mi piel. Tu mano rozando mi pierna. Tus pies acariciando los míos. Demasiado maravilloso como para ser compatible con la realidad. Sigues siendo igual de desconcertante, tu forma de actuar hace que mi lengua diga la palabra "bésame" y todo el miedo que conlleva soltarlo la vuelve a introducir en mi alma. Odio las dudas que hurgan en mi mente y excavan mi corazón dejando marca y dolor. Odio tener que ser valiente para hallar respuestas que no quiero escuchar. Odio no poder acariciarte el brazo para ver cómo la piel de gallina te recubre.
Odio esto. Pero te amo a ti.


lunes, 30 de julio de 2012

Quiero amarte sin ataduras.


No lo sabes, pero me encanta ver a las nubes moverse  como si se tratara de un fuego abrasador, creando formas que solo yo sé interpretar. Adoro estar tumbado junto a ti, pinchándome con la hierba, sin mirarnos pero sin necesitarlo. Me gusta pensar que tú también deseas que nuestros labios se rocen cuando dormimos, en esos momentos en los que siento tu respiración en mi boca. No lo sabes, pero llevo un buen rato parado ante este papel pensando en qué escribir, mis ojos miran la punta del bolígrafo pasearse entre la cuadrícula del cuaderno; mi lengua parece susurrar tu nombre, pero mis manos no se deciden a colocarlo delicadamente entre mis palabras; mi cuerpo habla por sí solo recriminándome mi cobardía y todos esos silencios y palabras tragadas que he ido acumulando a lo largo del tiempo. Intento convencerme de que soy feliz así, pero mis mentiras empiezan a revelarse contra mí. La máscara que ocultaba mi interior quebró hace meses. Por ti. Y no sé si agradecértelo.
En realidad, lo único que quiero es que me cubras con tus brazos cuando hace frío, que el colchón nos trague al cerrar los ojos, que me beses sin pedírtelo, que no parezca que entre nosotros solo existe la palabra "imposible", que tu ropa siga mezclada con la mía. Quiero que me dejes ser valiente, demuéstrame que no ocurrirá nada si digo lo que siento. Quiero que me quieras, y no de la forma que ya lo haces. Quiero darte todo cuanto tengo y no sentir que no recibo nada. Quiero sonreír y que tú sonrías, no necesitar la soledad y las lágrimas para sentirme bien. Quiero amarte sin ataduras, contagiarte mi locura.

viernes, 6 de julio de 2012

Dueles.

Necesito desahogarme, ¿sabes? Tengo que decirle tanto a la nada que no sé por dónde empezar. Lo primero es que sé que tú esto no lo leerás, y si lo lees jamás pensarás que es para ti. Ojalá y lo hicieras y sonrieras y rogaras a un Dios que no existe que mis palabras te las dedicara a ti. Mi mente está llevando las palabras a través de mi sangre hasta mis dedos. Duele. El amor, duele. Lo que siento por ti, duele. Dueles. Porque soy imbécil, el mayor del mundo. Porque me estoy autodestruyendo pensando en ti, en lo que podríamos ser cuando, en realidad, no hay nada más que lo que mis ojos ven. No me gusta sentirme así, para nada, odio esta rabia interna que rellena mi almohada, esta impotencia que tengo por sábanas y que frena mis brazos para traerte hasta a mí. Aun así, me gustas. Mucho. Muchísimo. Pero no quiero que sea así. No quiero que me guste la forma que tienes de mirarme a escondidas, ni tu sonrisa, ni la manera en la que cierras los ojos cuando ríes. No quiero que me guste cuando, después de estar sentados en el césped, se queda la marca de la hierba en tu piel. No quiero que me encante cuando el sol hace brillar tus ojos, cuando puedo sentir su envidia ante el destello de tu alma. Que brillas más que las estrellas, aunque sea el único capaz de verlo. Que yo soy lo que buscas, aunque no quieras encontrarme. Que yo soy lo que deseas, aunque creas que tus deseos ya se han cumplido. Y besarte y abrazarte y quererte más y sentirte y respirarte y hacer que la vida se alargue sin nosotros envejecer y adorarte y mimarte y, sencillamente, amarte. Soy idiota. Sí. Y, encima, un idiota enamorado. Pero de ti.

martes, 3 de julio de 2012

Las normas están para incumplirse.

La lluvia había hecho que la ciudad se reflejara en el asfalto. Una mezcolanza de colores, luces de neón y sensaciones acompañaban a los transeúntes en la noche. Yo todavía caminaba bajo mi paraguas, aunque las gotas habían dejado de caer hacía varios minutos. Los coches iluminaban mi rostro sin mi consentimiento, prefería resguardarme entre las sombras y no ser visto por mirada indiscretas. ¿La razón? Me gustaba pasar desapercibido, no ser descubierto, que no me dijeran que me habían visto y que no me había dignado a saludar. El viento paseaba entre los edificios, húmedo y frío, como siempre. También añoraba hundir mis dedos en él, cubrir mis dedos de su envoltura y empaparme del aire que otros habían respirado. Me encantaba pensar que era un cuerdo en un mundo de locos, que la normalidad no existe, sino una extraña rareza que nos caracteriza a cada uno de nosotros. Adoraba enamorarme de desconocidos un día de lluvia, imaginarme cómo serían sus vidas, sus sueños y aspiraciones y, sobre todo, sus risas. De hecho, cuanto te vi a ti pensé en cómo podría rozar esos hermosos labios:

"—¿Me dejas? —te diría, acercándome con sigilo y sonriendo cálidamente.
—¿El qué?
—Besarte.
—No —responderías, expresando una leve molestia.
—Pues las normas están para incumplirse."

Creía que el cielo era el límite y que los rascacielos no llegaban ni a hacerle cosquillas, de eso se encargaban los pájaros. La lluvia había conseguido ahogarme tanto a mí como a mis penas, sin recurrir al alcohol; mi resaca no era más que la incertidumbre de lo que me esperaría al levantarme, cuando llegara mi turno de apartar las sábanas y despertar. Malgastaba mi tiempo en dejarlo pasar. Caminaba sin andar. La noche era demasiado corta como para no poder seguir paseando bajo mi paraguas, escondiéndome de todas las miradas menos de la tuya, enamorándome de ti y queriendo besarte en cada instante en el que la lluvia golpeara tu piel.


martes, 19 de junio de 2012

Eres tú.


Últimamente me siento de tal manera que no encuentro una palabra adecuada para describirlo. Sé que si lo hiciera lo estropearía, y no merece la pena marchitar algo así. Expresarlo no es fácil, ni agradable, pero sé que tengo que hacerlo. No es bonito, ni brilla, ni atrae tu atención en medio de la multitud; sencillamente es. Es como un amor que no me llena, sino que me vacía. Obliga a que la impotencia permanezca en mi alma, aunque son mis lágrimas las que la arrastran hasta el exterior. Araña mis pupilas con el miedo acumulado, lo retengo en mi interior esperando a que se disuelva, pero no lo hace. Es una mezcla de un frío abrasador y un gélido calor. Es como una niebla que anula tus sentidos, te ciega, dejándote inmóvil en medio de la nada, vulnerable. Es como una lluvia que no moja, sino que seca. Es como una hierba que no pincha tu piel desnuda, la corta dejando cicatriz. Duele como los tropiezos de la vida, como esos errores que jamás seremos capaces de enmendar; es ese remordimiento que perdura en tu estómago y que recorre tu columna  siempre que la luna está puesta en el cielo. Es como un viento que no te aleja de él, sino que te acerca a un abismo del que sabes que no escaparás. Hace las noches largas. Acaba conmigo y con mis entrañas. Se ve en mi mirada. Se oye en mis alaridos.  Se palpa en mi piel. Se siente en mí.
Pero decido estropearlo, decido definir esos escalofríos que cosquillean mi espalda. Ahora soy capaz de decir que esa sensación de dolor que me acompaña cada noche cuando cierro los ojos a la hora de dormir, esa impotencia constante que me paraliza los músculos, eso que simplemente es, eres tú.

domingo, 27 de mayo de 2012

Llévame hasta el fondo del mar.

Los efectos del alcohol se dejaban asomar en sus miradas, pero muy levemente. La playa relucía sin estar presente el sol, se bastaba con reflejarse en las nubes; las olas llegaban hasta sus pies, sus manos y su ropa, empapando su cuerpo y absorbiendo toda la euforia que transmitían. La botella —vacía, olvidada, destartalada— que se habían bebido parecía enterrarse cada vez más; estaban seguros de que terminaría por desaparecer.
—Siempre he querido ser una sirena —dijo acariciando el brazo de él, pero sintiendo ella las cosquillas.
—¿Para qué?
—Para poder vivir en el fondo del océano, alejada del mundo que conocemos. Eso sí, junto a ti.
—Si hiciéramos eso yo no podría estar contigo.
—¿Por qué?
—Porque no podría respirar.
—Yo me encargaría de darte oxígeno a través de mis besos.
—Eso solo ocurre en los cuentos de hada —sonrió.
—Pero este no es un cuento de hadas cualquiera, es nuestro —resaltó— cuento de hadas.


Sin decir nada, sin mirarla —simplemente dirigía sus ojos hacia el cielo— la cogió de la mano, entrecruzando sus dedos con los de ella, clavando sus yemas en sus palmas, imaginando sentir el latido de su corazón acelerarse por el contacto de su piel.
—Mañana, cuando estemos sobrios, ¿me despertaré a tu lado?
—No solo eso, sino que despertarás rodeada por mis brazos y mis labios en tu nuca.
Sonrió ampliamente. Muy ampliamente. Y se levantó; con paso torpe, dando pequeños tumbos y zarandeándose hacia los lados, entró en el agua. Él la siguió, deseando que sus piernas se transformaran en una bella cola, deseando que se cumpliera su sueño de ser una sirena.
—Llévame hasta el fondo del mar —le dijo.
—Déjame besarte —se acercó a su rostro— en el fondo del mar.
Y con ese beso, se sumergieron bajo el océano, respirando con cada bocanada la euforia que no absorbían las olas.

sábado, 19 de mayo de 2012

Morir para vivir.


Muerte. Está prohibido temer lo inevitable; es necesaria una agria resignación para seguir adelante, jamás mirar atrás, soñar sin querer y amar sin cordura. Queremos librarnos de esas cadenas que nos amarraban a la tierra y que no nos dejaban ir al cielo, pero ahora somos capaces de lanzarlas al vacío, verlas caer y escucharlas estrepitarse contra el suelo. Que la hierba está para que pinche, las olas para tragarnos y las nubes para arrebatarnos nuestra imaginación. Toca estornudar el alma, verla volar y arder por los rayos del sol.
Calma. Cierra los ojos y odia el silencio; grita. El viento ha llegado para mecerte y resucitar la parte de ti que todavía sigue con vida: tu mente. Mantente firme sobre la nada, apóyate en el universo, susurra canciones, respira, disfruta. Nuevas sensaciones, jamás experimentadas, se ciernen sobre ti. Saben dulces, algunas saladas, pero ninguna araña tu garganta.
Que no duela imaginar, que no duela caminar sobre una realidad que tú mismo has creado. Felicidad. Olvida tus cadenas, borra tu pasado y escribe tu presente, nada de futuro. Al fin has conseguido no temer por las consecuencias, "que le jodan al mundo" piensas, haciendo retumbar tus ideas en el cielo. Que ahora la hierba te acaricia, las olas te abrazan y las nubes te sonríen. Al fin has logrado tu objetivo: morir para vivir. Libertad.

lunes, 14 de mayo de 2012

Y te besé. Sin más.

Estoy sentado en las escaleras, acompañado de una solitaria oscuridad que no deja de pasearse entre los peldaños. Pienso en ti —para variar— y dejo que el cosquilleo de mi estómago viaje por las venas de mi cuerpo e intente iluminar una luz que hace mucho tiempo que no ha sido encendida; pero sin éxito. En realidad estoy acostumbrado, no es fácil deshacerse de tal monotonía cuando tú mismo deseas quedarte con ella.
—Soy gilipollas —susurro para mis adentros mientras mi respiración se entrecorta por el frío.
—¿Por qué?
Oigo tu voz levemente cerca de mí y me sobresalto, aunque por dentro haya gritado de alegría. No sé qué contestar. De hecho, no sé si quiero hacerlo. A veces, las palabras que salen por nuestros labios son demasiado vulnerables como para volver a entrar, y permanecen suspendidas en el aire siendo recordadas por nuestras malditas neuronas. En un acto reflejo te invito a que te sientes a mi lado —lo estaba deseando—. Huelo tu olor, tan característico, tan tranquilizador para mis entrañas. Evoca en mí demasiados sentimientos como para dejarlos al descubierto, por lo que callo y miro al suelo, provocando así en ti una horrible incertidumbre.
—¿Vamos a estar callados el resto de la noche? —preguntas.
—¿Pretendes quedarte?
—¿Por qué no?
La pregunta sería, ¿por qué sí? ¿Por qué siempre tengo la sensación de que esa química que caldea el aire es por nosotros? ¿Por qué, segundos después, me doy cuenta de que no son más que tonterías e inútiles quebraderos de cabeza? Típicas preguntas sin respuesta a las que, por más que busco un sentido, solo encuentro desilusiones.
—Quiero decirte algo —suelta mi alma sin que mi conciencia quiera.
—Dime.
—Puedo decírtelo con palabras o puedo demostrártelo. ¿Qué prefieres?
—Primero las palabras.
—Te quiero.
—¿Y cómo piensas demostrármelo?
Y te beso. Sin más. Esperando a que apartes tu rostro del mío y la incomodidad me ciegue, me ensordezca y me obligue a salir corriendo; a huir como siempre he solido hacer por miedo a enfrentarme a un tal vez.


domingo, 6 de mayo de 2012

Un sueño con piernas que camina por la realidad.

Y entonces te conviertes en ese superhéroe que tanto añorabas ser, con el que eres fuerte y valiente. Levantas la cabeza y divisas el cielo, ese que sueles volar para sentirte libre, junto al sol cuyos rayos llegas a acariciar, junto a unas falsas estrellas que brillan como nunca antes lo han hecho, junto a las nubes que despiertan tu imaginación. Ahora puedes luchar para no ser vencido, puedes ver más allá de una mirada, de unas palabras e, incluso, de tu propio cuerpo; puedes ver tu interior: resplandeciente, tu alma incandescente, tu corazón rebosante de vida. Controlas la noche y todos los movimientos de tu cuerpo, eres imparable, para nada vulnerable, un sueño con piernas que camina por la realidad.


Pero llega un momento en el que te das cuenta de que todo lo vivido ha sido una mera fantasía. Nunca has llegado a convertirte en ese superhéroe de ensueño sino que te has transformado en todo lo contrario. Levantas la cabeza y no hay cielo, solo un techo que te resguarda de la lluvia y del frío aunque este último parece colarse ligeramente entre las grietas de las paredes. Lanzas puñetazos al aire, sangras, dejas de respirar, mas sigue doliendo. No ves tu interior, pero lo sientes palpitar y transportar dolor a cada ápice de tu cuerpo: es oscuro, tiene tu alma rota en pedazos y un corazón cubierto entre espinas y penurias. El descontrol ha acabado contigo.
La jeringuilla sigue unida a tu piel, las pastillas siguen en tus bolsillos, el alcohol lo ha evaporado el viento. Tú yaces en el suelo, soñando que eres un superhéroe que no sabe lo que es destruir todo cuanto se cruza en su camino.

viernes, 27 de abril de 2012

Demasiado que decir para tan pocas ganas de escuchar.

—¿Qué te pasa?
—¿A mí? Nada.
—Venga, hombre, a ti te pasa algo.
—Te digo que no —sonrió.
—Vale, pues no me lo cuentes.
—No es que no quiera contártelo. Es que no puedo.
—¿Cómo no vas a poder? Solo te pido que te desahogues conmigo.
—Pero tengo demasiadas cosas que decirte.
—Empieza por lo primero que se te venga a la cabeza.
—Pues empecemos por ti.
—¿Por mí?
—Sí. Tengo que decirte que todas las noches me duermo pensando en ti, que te echo de menos al otro lado de la cama para poder abrazarte y no soltarte jamás, que no hay ni una sola vez que no tiemble con una de tus sonrisas. Tengo que decirte que igual que das sentido a mi vida se lo quitas de forma rotunda cuando doy más de lo que recibo. Porque, ¿cómo te vas a querer a ti mismo si nadie te quiere como tú quieres que te quiera? Tienes que saber que me arrepiento con cada una de las palabras que salen de mi boca y que son esquivadas por tus oídos, que odio la asquerosa forma que tengo de comportarme cuando estoy contigo,  cuando me transformo en otra persona que hace que no le importas y que no significas nada, cuando es todo lo contrario. Tengo que decirte que esto no surgió del día a la mañana, mis sentimientos se han ido intensificando con cada uno de los días, con los que revivo y muero por segundos. Tengo que decirte que soy tan imbécil de no saber aprovechar los momentos que paso contigo y de que me quejo de infeliz cuando tú me brindas la felicidad. Tienes que saber que tengo muchos miedos que soy incapaz de afrontar y que, posiblemente, nunca afronte; pero es que la vida me ha enseñado que si no quieres quedarte solo tienes que esconder tus propios problemas debajo de la piel. Y, por último, tengo que decirte que te quiero y que no creo que me quieras jamás como yo te quiero a ti. Esto es demasiado especial como para que puedas llegar a entenderlo.
—No tenía ni idea de que tenías que decirme todo eso...
—Ni lo sabrás, porque no son más que palabras plasmadas en un papel sucio que nunca serán leídas por tus ojos pidiendo mi amor. Nunca.

miércoles, 18 de abril de 2012

Vagabundo del silencio.



Las aceras estaban llenas de dolor y putas, donde la sangre corría por las baldosas y el miedo se confundía con el aire, donde se conocía a las personas por el número de billetes que escondían sus bolsillos, olvidando un ridículo nombre que designaba una parte insignificante de ellos. La vida se desvivía con champán caducado y alcohol barato. La noche encubría los secretos, el sexo y el dinero que se movía por las calles como serpientes de cascabel. Coches sin ruedas, con faros rotos, escarcha en los capós y ventanillas quebradas; hogares que se habían convertido en tristes barracones de drogatas y borrachos, donde las jeringuillas se servían en platos y las bocas pedían comida mediante terribles alaridos; monstruos camuflados bajo pieles humanas, con miradas feroces y tenebrosas, con sonrisas violentas, con andares lúgubres; enmascarados armados que andaban entre la niebla para no ser vistos. Pues las normas quebraron no hace mucho dejando a todos jodidamente libres. Jodidamente vivos como para disfrutar al respirar el hollín de las fábricas que usurparon las montañas. La lluvia quemaba, el sol enfriaba, la luna vigilaba. La basura y los vómitos decoraban el asfalto. Aquí la vida fue presa de la locura cuando la imaginación asesinó a una reina gobernada por las sombras.  La sangre que derramé se la ha llevado el tiempo mientras que mi cuerpo sigue vagando entre la mierda. Me dejaré arrastrar por la marea de un mar envenenado, nadaré entre pesadillas olvidando esperanzas y sueños.
Aquí se nace para morir. Y yo ya estoy muerto.

sábado, 14 de abril de 2012

Y dejas que el frío haga el resto.


Tienes el pelo empapado, sucio y desgastado por el viento; tus pestañas están llenas de arena que, por suerte, no entra en tus ojos; las pecas de tus mejillas saludan a las nubes sin necesidad de ser resaltadas por el sol, el cual ha desaparecido sin dejar rastro; tus manos acarician las pequeñas hojas de las ramas que rodean tu cuerpo, hundes tus dedos en la maleza y dejas que el frío haga el resto. No llueve, pero deseas que lo haga. Estás solo, pero quieres seguir así, disfrutando de una soledad que inunda tu interior y te reconforta. Saltas,  corres, vuelas. Sueñas con historias bélicas, hambre, sed y egoísmo porque te han adiestrado para evadirte del dolor ajeno. Eres valiente porque tu reto es ganar. Cruzas puentes con los ojos vendados, oyendo al vacío gritar tu nombre, a los pájaros pedir ayuda al cielo y a los árboles susurrarte palabras de ánimo. Pisas cada tablón de manera con firmeza, sin temer por la caída ni por la muerte, pues te sientes vivo. Caminas erguido, dando tumbos, buscando peligros, ahogándote en sudor, entablando conversación con el cansancio. No te das cuenta de lo que has sido capaz hasta que abres los ojos y echas un vistazo a la realidad. Pavor. Angustia. Demasiado que soportar. Y vuelves a cerrar los ojos, con tu pelo quebrado, tus ojos llenos de arena y tu piel arañada por la corteza de los árboles; pero ahora eres valiente, ahora conoces la ignorancia y no quieres deshacerte de ella.

viernes, 6 de abril de 2012

Endless.

¿Cuándo se harán realidad todas esas fantasías que viven encadenadas en mi mente? Demasiado bonitas para ser verdad, ¿o acaso el mejor amor no es aquel que no te deja dormir pero, que cuando estás con esa persona, te hace soñar? Porque con cada segundo que paso contigo, mi subconsciente construye reacciones y palabras que a mí me llevan a la felicidad. Pero, en ocasiones, parecen hacerse realidad. Como cuando estamos sentados cerca el uno del otro. Yo hago como si te ignorara, aunque en realidad te estoy prestando toda mi atención. Poso mi mirada en algún punto del infinito cercano a tu rostro y, sencillamente, espero. Magia. De repente, giras tu cabeza unos centímetros y me miras mientras crees que estoy sumido en un mundo del que no voy a resurgir. Ojalá y supiera en ese mismo instante lo que recorre tu mente. ¿Qué pensarás? ¿Qué tipo de raciocinio puede encontrarse entre los rincones de tu cerebro en ese instante? Es entonces cuando te miro y tú desvías la mirada. Magia. ¿Aquí no ha pasado nada? Sí, sí que ha pasado, pero no separo mis labios para decirte "—Sigue mirándome" por miedo a las consecuencias que, de nuevo, mi subconsciente crea para no arriesgarme y perder todo lo que tengo, que eres tú. Pero, al momento, imagino lo que podría ocurrir si te dijera esas palabras. Estoy seguro de que tus ojos expresarían sorpresa, pero después alivio y satisfacción. "¿Por qué?", me preguntarías. Yo me mordería el labio y bajaría la mirada, pensaría una respuesta ocurrente y contestaría: "Porque así puedo enamorarme más de ti". Mi voz te provocaría una irreprimible sonrisa con la que yo me vería obligado a imitarte. Pero quiera o no los sueños solo se sueñan estando dormido; y mi vida es un sueño incompatible con la realidad.

sábado, 24 de marzo de 2012

Bésame rápido, pero haz que dure.


—No lo entiendes, ¿verdad?

Los rodeaba una espesa maleza, donde el rumor de un lejano río y el viento les recorría las entrañas. Jugaban con las hojas secas en silencio creyendo que eran capaces de volar con tan solo mirarse, imaginando dulces cartas de amor que nunca les llegaron —y que nunca lo harían—. Esas típicas preguntas sin respuesta, ese sol en lo alto que les sonreía entre las ramas de los árboles, esas nubes que viajaban sobre sus cabezas junto a los pájaros. Él estaba apoyado en uno de los árboles mientras su dura corteza se clavaba en sus vértebras. Ella se apoyaba en la nada, siendo fuerte cuando el bosque la llamaba para volver a casa sin que hubiera encontrado todavía su hogar.

—Claro que lo entiendo —contestó con una leve sonrisa.
—¿Entiendes que yo te quiera más de lo que tú me quieres a mí? ¿Entiendes que yo me mantenga en las sombras para que tú puedas estar en la luz, que tu puedas saborear la vida mientras que yo solo saboreo una amarga impotencia? ¿Entiendes que soy incapaz de seguir adelante sin tu sonrisa, sin tu voz, sin los "te quiero" que nunca recibo?
—Jamás podrás quererme como yo te quiero a ti.
—Tienes que entender que eso no me lo puedo creer —dijo mientras su melena la peinaba el viento.
—¿Es que acaso el amor se entiende? No. El amor se siente.

Ella saltó a sus brazos. El viento dejó de soplar, de mover las hojas de los árboles; el sonido del río desapareció dejando un hermoso silencio que los envolvía en una burbuja de la que no querían salir; el sol se detuvo encima de ellos y las ramas se apartaron para que las nubes y los pájaros los vieran desde el cielo.

—Demuéstrame que eso que has dicho, es verdad.
—¿No te lo estoy demostrando ya?
—No.
—¿Qué quieres que haga?
—Bésame rápido, pero haz que dure —le susurró al oído.

Las heridas seguían sangrando, pero con aquel beso no tardarían en cicatrizar. Porque, en aquel momento, ellos aprendieron una gran lección: no hay nadie que comprenda el amor hasta que lo siente, ni nadie que lo siente hasta que lo comprende.

martes, 20 de marzo de 2012

Solo sentía dolor con los rasguños.

Yo era uno de esos niños que, cuando llovía, hacía carreras con las gotas de agua que chocaban en la ventanilla del coche; o que se imaginaba a monstruos aparecer detrás de las colinas y montañas, alternando la realidad con una estrambótica imaginación. Era uno de esos niños que veía en cada flor un mundo y en cada regalo un tesoro; al que le encantaba sentir el viento en su cara a la hora de columpiarse, queriendo llegar siempre a lo más alto para tocar las hojas de los árboles; que añoraba ver las estrellas en el cielo urbano y la luna anaranjada posarse sobre el horizonte una noche de verano, que nadaba en el mar montado en sueños, que escarbaba en la arena buscando otros mundos, que no amaba de verdad, que no necesitaba ser fuerte porque ya lo era, que solo sentía dolor con los rasguños. Era capaz de chasquear los dedos y que de ellos aparecieran chispas, de crear nieve con un soplido, de moldear las nubes con mis dedos e, incluso, de recoger parte de la luz del sol con la palma de mi mano. Porque era un niño que besaba la lluvia para empaparse con la esencia del mundo, que veía las notas aparecer tras las cuerdas de un violín, que odiaba disfrutar del sabor ácido y amargo de la vida. Lástima que la inocencia se perdiera entre los poros de mi piel con el transcurso de los años y que estas palabras sean un mero recuerdo. Lástima que ahora, para mí, los héroes sean solo personas disfrazadas y no seres fantásticos sacados de los mundos que encontraba debajo de la arena.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Lágrimas con sabor a primavera.

—Últimamente me siento vacía.
—¿Vacía? —preguntó desconcertado— ¿Por qué?
—Siento que hay un tremendo hueco entre mi alma y mi corazón que es imposible de rellenar.
—Todo espacio pide a gritos ser tapado. ¿Qué pide el tuyo?
—Alguien con el que compartir un pedazo de mi vida. Alguien que se interponga entre mi cuerpo y el otro lado de la cama. Alguien que crea en mi locura, en mis sueños, en mis desvaríos y en mis temores. Alguien que me aguante, que aprenda a robarme las palabras con besos y a expresarlas sin ayuda de la voz, con abrazos. Alguien que me dé el cariño que nadie más me puede dar.
—¿Por qué no voy a poder darte yo todo eso?
—A ver, ¿cómo me lo darías?
—Pues, uniendo las piezas de nuestras vidas en una sola, abrazándote en la cama cuando la noche es demasiada oscura para enfrentarnos a ella, cubriéndonos por las sábanas y huyendo a un mundo que solo nosotros conocemos. Entendiendo tu locura, haciendo realidad tus sueños y ambiciones y ayudándote a afrontar tus miedos, aguantando el suelo para que tú puedas caminar por él, regalándote silencios que no puedan expresarse con las palabras, dándote todo ese cariño que dices que no te puedo dar.

Sonrió ampliamente. Se ruborizó y cubrió su rostro con sus manos para evitar mirarle a las ojos y que de sus labios saliera alguna estupidez.



—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo él.
—Claro.
—¿Me das un beso?
—¿Dónde?
—Yo hago la pregunta, tú eliges la respuesta.

Se inclinó hacia él y, delicadamente, posó sus labios en su mejilla, haciendo un sonido sordo que irradiaba amor a los edificios que, con sus atentas miradas de piedra, los cernían en sombras tapando el sol. Después la miró, dejó caer su mano sobre sus rodillas y las acarició con ternura. Desvió su mirada al fondo y atisbó el autobús.

—Ya está aquí —se levantó, al igual que ella, y la abrazó—. Ojalá y pudiera no soltarte nunca.
—Pues no lo hagas.
—¿Y el autobús?
—Esperaré el siguiente.
—No hay ninguno más.
—Pues me quedaré aquí, pero no me sueltes nunca.

El sol apareció tras los edificios reflejándose en las ventanas y en las baldosas, y los iluminó como a diamantes. El autobús siguió su camino dejándolos atrás, el tiempo transcurría mediante leves alaridos; ellos siguieron abrazados, esperando a que sus lágrimas llegaran a las comisuras de sus labios sabiendo a primavera.

domingo, 11 de marzo de 2012

Nuestros labios son un puzzle desarmado cuyas piezas son los besos.


Algún día creeré que las líneas de tu mano pondrán leer nuestro futuro, que los hoyuelos de tus mejillas no son más bonitos que una puesta de sol, que el azúcar no es más dulce que tu piel. Oí tus palabras cuando hubieras deseado que fuera sordo. Permití unos segundos de libertad a mi voz cuando yo hubiese deseado ser mudo. Porque sé que es difícil decir adiós cuando un "hola" no ha durado lo suficiente, cuando los segundos transcurren desapercibidos por nuestros sentidos. Dejemos que nuestras mentes se pierdan en nuestras miradas, que nuestras lágrimas jueguen con nuestras pestañas, que el brillo de nuestros ojos deslumbre al sol; disfrutemos del instinto. Dejemos de perder sonrisas. Dejemos de morir de día para vivir de noche acompañados del resto del universo. Dejemos que nuestras caricias sean la frontera de la realidad y los sueños. Dejemos atrás al mundo, las palabras y la cordura, convirtámonos en vagabundos del silencio. Dejemos que el tiempo olvide pero que lo demás perdure, que la memoria sea nuestro mejor recuerdo. Porque nuestros labios son un puzzle desarmado cuyas piezas son los besos. Dejemos que nos guíen las estrellas en el día y el sol en la noche. Sonriamos al mirarnos. Besémonos al acercarnos. Pues, algún día, creeré que todas estas últimas palabras son verdad, que el mundo que he creado es mi realidad.

jueves, 1 de marzo de 2012

Haré de la magia una realidad.

Me apetece dejar mi huella en la arena, en algún lugar donde el mar nunca la arrastre hacia su interior. La soledad quedará plasmada en ella; mis recuerdos se esconderán bajo los granos de arena que se adhieran a las yemas de mis dedos. Desentierro colillas abandonadas que arrancaron parte de su vida a algún desconocido, puedo acariciar el aire que malgastaron en los bordes de la boquilla. Juego con ellas imitando por unos instantes al niño que llevo dentro, aunque no sirve de nada. Vuelvo a colocar todo en su correspondiente lugar mientras olvido dónde plasmé parte de mí, dónde dejé que mi palma se hundiera para que el tiempo no se encargara del destino del viento. Olvidar me oprime el pecho, me asfixia, pero necesito hacerlo para seguir caminando. Lucho en una batalla encarnicida entre los sueños y la sinrazón. Envaino mi espada ideada por mi imaginación, rompo la armadura con las manos y embisto contra la nada. No permitiré que las mentiras envuelvan mi lengua, ni que el silencio selle mis labios, ni que sea tu voz la que guíe mis pasos sin oír su eco acompañando al viento.  Engañaré al alba para que aparezca tras el mar cuando acaricie al cielo, jugaré con las nubes y la lluvia para  sentirme empapado por lo que parece solo agua. Calmaré los truenos con un silbido y apagaré los relámpagos con tan solo pestañear. Haré de la magia una realidad y de las piedras del camino una ayuda para resucitar en esa persona que decía: "sé quién soy, por lo que no tengo nada que demostrar".


lunes, 20 de febrero de 2012

Somos un arma cuyas balas son las palabras.


La gente, con los puños dirigidos al cielo, borracha de una misma ideología, con sus voces al unísono criticando la realidad, sosteniendo mensajes que los ojos puedan admirar y sentir, dejando sus bocas secas gritando injusticias, es la que me rodea. En medio de la multitud es difícil que atisbes mi figura, pero yo no soy el importante, son ellos y sus irrefrenables ganas por vencer al silencio. Puedo sentir su poder y un calor me llena por dentro. Los falsos vítores hacia el mundo consiguen ensordecerme, pero me gusta ver que la gente lucha por lo que quiere, intentando ganarlo todo cuando nos lo venden como imposible. Al final, se convierte en un vicio del que no es fácil deshacerse. Te sientes arropado por desconocidos en una causa que nos incumbe a cada uno de nosotros. ¿Por qué no defender lo que nos parece justo? ¿Por qué seguir con la injusticia cuando puedes acabar con ella? Un derecho tan humano como este debe persistir en nuestro instinto, agarrarse con uñas y dientes y no desaparecer jamás. Mas en el auge de todas estas palabras, comienzan los gritos. De dolor. De miedo. ¿Qué ocurre? ¿Por qué nos atacan cuando lo único que hacemos es defender una opinión? Decenas de personas uniformadas se colocan sus cascos, sacan las porras y llueven los golpes. La gente se abalanza sobre ellos en un desesperado intento por aguantar y amarrase al asfalto pero una parte de nosotros está aterrorizada y desconcertada, y huye. Veo pasar ante mis ojos una serie de imágenes que punzan mi alma. Una violencia abusiva e inmerecida se cierne sobre nosotros. Y es entonces cuando me doy cuenta de que no somos los únicos que tenemos miedo. A ellos les horroriza el pensar que podemos ir con la verdad por delante, destapar todas las mentiras que han ido encubriendo día a día en una sociedad muda y totalmente permisiva. Les espanta la idea de que la situación se les vaya de las manos y pierdan el juego que ellos mismos habían creado, que se rompan sus propias reglas. Porque somos una bomba nuclear a punto de explotar, un arma cuyas balas son las palabras, su desvivir. Porque luchar es la única ambición que quedará debajo de las heridas y moratones. Estamos preparados para convertirnos en los héroes que creyeron olvidados para conseguir nuestro objetivo: justicia.

viernes, 17 de febrero de 2012

No siempre un ángel llega caído del cielo.

Hace demasiado frío para volar. Arranco mis alas y las lanzo al suelo. La sangre brota en mi espalda bajando lentamente por mi columna, jugando entre mis costillas, escondiéndose bajo mis pantalones. Volverán a nacer, lo sé, no es la primera vez que alguno de mis arrebatos ha acabado con su tierna vida. Reaparecerán, incluso, mucho más fuertes que antes, olvidando esa debilidad que las separó de mi cuerpo. No quiero curar mis heridas, el dolor renueva mi mente para enseñarme a sufrir, a colocarme una máscara inexpresiva en mi rostro y a pegar una sonrisa obligada en mis labios. "Estoy bien" piensan mis huesos, "no mientas" dice el corazón. Lo ve en mis ojos, lo siente en mi pulso tembloroso. ¿Para qué ser un ángel cuando no anhelas volar? Soy una leyenda arrastrada entre la voz de personas que lo único que querían era un poco de atención. No creo en mí. No soy real por mucho que las nubes digan lo contrario.



Hace demasiado frío para soñar. Nieva. Un manto blanco recubre mi pelo; mi piel se quiebra al contacto con los copos que caen del cielo; la sangre se congela; mi cuerpo desnudo está preparado para volar, pero mis alas ya no volverán a crecer, ya no. Han sido ocultadas por la nieve y por mi ingenuidad. ¿Por qué iban a volver a aparecer cuando yo había renunciado a ellas una y otra vez? "La gente quiere lo que no tiene, y cuando lo consigue, quiere lo que antes tenía" me susurra el sol al oído. Saboreo mi humanidad y esta agria libertad entre pequeños bocados al viento. Camino entre el desastre y mi propia destrucción mientras mis huellas se clavan en el suelo hundiéndose con cada paso que doy. Pronto desapareceré y me reencontraré con mis alas, esas que arranqué de mi espalda cuando lo único que quería era volar.

domingo, 12 de febrero de 2012

Pura magia.


—Es mágico —musitó.

Respiró hondo, extendió sus brazos y una sensación electrizante le recorrió todo su cuerpo, desde su nuca hasta la punta de sus talones. Se agachó lentamente sin apartar la mirada del paisaje y se sentó. Admiraba las nubes, las montañas, las galaxias por las que anhelaba perderse, esa imaginación que le arrebataba el sol cuando le rozaban sus rayos. Hacía frío —quizás demasiado—; una leve capa de escarcha se acomodaba sobre la hierba. Después de todo no le importaba, añoraba aquellas vistas de ensueño con las que su vida cobraba sentido. Sus intenciones eran claras: liberarse. Liberarse de los prejuicios que se cernían sobre él cada mañana, de las miradas indiscretas de los transeúntes, del dolor que le provocaba la destrucción, las mentiras y la realidad. Porque imaginar no era suficiente, él necesitaba soñar cada noche para sentirse el rey de su propio mundo.

—Quiero brillar como aquella estrella —decía para sí mientras admiraba el cielo—. Quiero, incluso, superarla y llegar a lo más alto. Como aquella otra —volvió a hacerlo—. Ojalá y pudiera tener la suficiente seguridad en mí mismo para lograr alcanzarlas algún día —permaneció cabizbajo unos segundos mirando sus manos cubrirse por la hierba, sintiendo su tacto puntiagudo. Prosiguió levantando la cabeza con una mirada impasible, pero sus labios se curvaron levemente—. He llegado a la conclusión de que no merece la pena tener miedo. Es algo inútil. Nos frena en una carrera de vida o muerte obligándonos a elegir una opción, nos impide brillar, hacernos notar, hacernos ver en la oscuridad.

Gritaba en contadas ocasiones para escuchar su eco y sentirse acompañado. Tenía la certeza de que sería capaz de oír a los animales caminar en la noche, de sentir el latido de su corazón si apoyaba su cabeza en el suelo. Metió las manos en sus bolsillos y sacó una foto suya que se había hecho esa misma mañana. La miró de reojo tembloroso por el frío, la cogió de los extremos y la partió en dos trozos. Sus dedos parecían pegarse a ella y no querer soltarla, pero lo hizo y el viento se la llevó hacia el interior del bosque.

—¡Ese, ya no soy yo! —le gritó al mundo—. He cambiado. Jamás caeré en el olvido como esa pequeña persona temerosa, cobarde e insegura que no se atrevía a caminar, porque la única forma de ganar es arriesgándose a perder.

Permaneció allí, sin importarle la escarcha, ni los rayos de sol atravesar las nubes. Había conseguido ser su propia estrella para que la noche quedara iluminada con su mirada. Y por primera vez, se había convertido en pura magia.

Róbame el corazón con uno de tus besos.

Oigo desde este mismo lugar la manecilla del reloj. Se clava en mis sienes. El colchón parece querer tragarme hacia su interior; noto mi cuerpo más alejado de la luz, de la vida, de su piel. Los dedos de mis manos apuntan al techo en un desesperado intento por amarrarme al cielo, por colgarme de una estrella y sentirme libre por unos míseros instantes. Cierro los ojos para sentir el aire penetrar en mis pulmones, mis músculos relajarse y mi corazón bombear trozos de mi alma a cada ápice de mi cuerpo. Sonrío sin sentirlo. Me doy cuenta de que tú eres la única excepción con la que me permito sufrir. Suelo ser fuerte  o por lo menos lo intento, pero esta situación es superior a mí. ¿Por qué estos pensamientos sucumben mi mente constantemente? Porque estoy enamorado. Mierda. Jamás pensé que llegaría a tal extremo, a tales ganas de abrazarte, de tenerte a mi lado, de besarte, de quererte, de mirarte y drogarme, de dormir mientras nuestros labios se rozan. Quítame el miedo a perderte con los dientes, róbame el corazón con uno de tus besos, secuestra mi inocencia con tus abrazos. Sé cómo hacerte reír cuando crees que la vida te ha dejado de lado, en cambio tú no sabes hacerme sentir bien cuando una de tus miradas no viaja por la mía. No saborees mi mirada, saborea mis labios, demuéstrame que tienes las mismas ganas de volar que yo. Y siempre recordaré la distancia que nos separa cuando nos miramos, cuando creemos que el amor no existe y que es solo un imposible cuento de hadas, cuando crees que no te escucho pero que, en realidad, soy el único que te presta toda su atención. Y sigo en la cama, ahogado por mis lágrimas, tragado por el colchón, marginado por las estrellas. Porque dicen que el amor duele, aunque este, puede matarme.


martes, 7 de febrero de 2012

Inferno.

En este mundo sin normas, en este frío que conocemos por sociedad, soy un animal más. El corazón palpita, la sangre fluye, los sentimientos afloran, la soledad —atraída por la oscuridad— aparece entre mis labios. Las calles están mudas y las nubes sumen todo en el color gris que ha inundado mi piel; el dolor me abate, ha ganado esta pelea. Me tumbo sobre el asfalto esperando la llegada del viento, pero no vuelve. No hacía mucho que lo había visto marchar a la lejanía montándose en un tren con billete de ida, pero no de vuelta. ¿Y la lluvia? Se expresa en forma de lágrimas, las mismas que brotan en mis ojos, empapan mis pestañas y me nublan la vista. ¿A dónde ha ido el sol?  Quizás se esconda tras alguna de las nubes negras que adornan el cielo, donde tu atenta mirada me vigila y me ampara. Al menos de él pude despedirme, pude recoger fuego de su interior para que mi alma arda en llamas, en llamas azuladas e invisibles a los ojos indiscretos de las estrellas.


Odio la luna. Ilumina mi camino cuando quiero permanecer entre las sombras. Siempre está pegada en el cielo, admirando la asquerosa Tierra desde lo más alto del universo. Correteo por las calles perdiéndome entre el reflejo de las ventanas, entre el césped amarillento de los jardines y el agua verde y fangosa de las piscinas. El corazón palpita, la sangre fluye, la mente enloquece, el subconsciente advierte. Mi aliento congela el asfalto, ese en el que me tumbaba esperando un alarido de entre las nubes. Los árboles parecen hablarme, el susurro de sus hojas me obliga a soñar, a saltar de los tejados, a derribar muros, a atrapar la luz de entre mis dedos y tragármela para que mi alma brille. Silencio. Las heridas de bala que produjo el pasado en mis venas gritan despavoridas. El viento vuelve. El sol aparece. La lluvia cae sobre mis hombros. La luna muere. Vuelvo a ser el animal que se esconde en la oscuridad para que los demás no vean las lágrimas quemar mi rostro.

sábado, 28 de enero de 2012

Ahoga el sonido de tu respiración.

El mar estaba embravecido. El día parecía sumiso, aunque esa idea se desvanecía con la espuma blanca que depositaban las olas sobre la superficie negra y oscura del océano. Chocaban ferozmente contra las rocas —ya empapadas, prácticamente sumergidas bajo la marea—, lo que a Nathan le provocaba una terrible asfixia que paralizaba sus músculos. Desde lo alto del acantilado divisaba esa línea en la que se fundía el cielo y la tierra, esa misma que consideraba el fin del mundo no hacía muchos años atrás. La hierba pinchaba sus pies desnudos; su tez blanca podría camuflarse entre las mismas nubes; y su pelo enmarañado, levemente rizado —cosa que odiaba porque el peine no era su mejor aliado los lunes por la madrugada— y castaño se liaba entre los dedos de sus manos. Quería romper a llorar en ese mismo momento, ante toda esa fuerza que tenía ante sus ojos la cual nunca podría llegar a superar. Mas no lo hizo, se limitó a guardar sus manos en los bolsillos, aguantando el frío y con la mirada perdida en algún punto donde los leves rayos de sol no lograban cegarlo. Recordó el otoño en el que se adentró por primera vez en el bosque del pueblo. Jamás volvió a sentirse tan libre: caminaba entre los árboles, esquivando las ramas, buscando algún ser mágico con el que entablar conversación o, en su defecto, un escondite para evadirse del asqueroso mundo que lo había envuelto con un manto de espinas. El crujido de las hojas que cubrían el suelo ahogaba el sonido de su respiración. Le gustaba acariciar los árboles, arañarse con su tosca piel e imaginar cómo el tiempo podía haber creado algo tan bello. Añoraba esa sensación, esa despreocupación por cuanto le rodeaba; esas ganas de regresar a su niñez. Volvió a la realidad y a reflexionar sobre la razón que lo había llevado hasta allí. Lástima que no lo supiera. Había permitido que sus pies anduvieran por sí solos, que su mente viajara sin volver la vista atrás. Su mirada era impasible, sus labios temblaban, sus pupilas estaban dilatadas, su lengua murmuraba un hermoso cuento de hadas. Dio un paso al frente. La hierba parecía clavarse a su piel con más fuerza, la tierra quería amarrarlo a la vida. Bajó la mirada. El mar estaba embravecido, aunque el día se había oscurecido. Retomó sus recuerdos por última vez. Divisó el fondo, las rocas, recordó los árboles, las hojas y su estúpida sonrisa cuando se veía reflejado en las estrellas. Dio un paso al frente. La hierba no pudo mantenerlo con los pies en la tierra.
La espuma blanca se confundía con el reflejo de su piel. Se lo tragaron las olas, lo engulló el mar. Recordó, entonces, cuál era su objetivo, ya que, cuando la última burbuja de aire salió de entre sus labios, volvió a ser el niño curioso que habría bailado junto a las sirenas, el mismo que habría conseguido librarse de la capa de espinas que le brindó el mundo.


viernes, 27 de enero de 2012

Esas palabras, se las lleva el viento.

Te dedico cada nota que sale de entre mis labios, cada mirada al vacío donde atisbo tu figura, cada relámpago que descubre mis miedos, cada movimiento ondulante de la hierba provocado por la brisa de mis pulmones. Por ti aprendería a leer las líneas que recorren la palma de tu mano, los mensajes que esconden las estrellas y hasta el idioma de los delfines. Sería capaz de componer una sinfonía con tu risa, una obra de arte con las facciones de tu rostro, el que no me atrevo a mirar por si se descubre alguna de mis tontas sonrisas. ¿Qué debo hacer para hacerte abrir los ojos? No sabes encontrarle sentido a las insignificancias del mundo, a una hoja naranja adornando un árbol en pleno verano, a una gota de lluvia en pleno ártico polar.
Quiero soñar que la noche es el día y que la luna es el sol; esperar dulces quimeras que me recuerden tu sonrisa. Déjate llevar. Siente el rumor de la naturaleza contactar con la esencia que guardas en tu interior. Siente la sombra de las nubes como un abrazo y los rayos del sol como cálidos besos en tu piel. Aunque eso no va a pasar. No sabes ver lo que yo veo. ¿Sabes esas caricias que te dedico cuando no te das cuenta? Las que a ti te hacen cosquillas pero que a mí me llenan de vida. ¿Sabes que me encantas? No, porque nunca he sido lo suficientemente valiente como para decírtelo. ¿Sabes esos momentos que compartimos que para mí lo son todo? Con los que no dejo de sonreír ni un solo momento, con los que te escucho sin mediar palabra para mirarte con cariño. ¿Sabes esos te quiero que se difuminan con mi aliento? Porque es que son esas palabras, las que se lleva el viento.

jueves, 19 de enero de 2012

La magia que impregna el azúcar de tu piel.


Arde, pero relaja mis músculos. El agua alcanza hasta mis hombros desnudos, expuestos al frío y al transcurso de la vida. Quiero derretirme en esta bañera, en medio de ninguna parte. Han desaparecido los temblores y el dolor, la soledad parece haberse apartado de mi mente durante unos instantes. Me sumerjo en ella por completo, mi espalda toca el fondo, mis vértebras se acomodan a la dureza, abro los ojos y todo está borroso; mas, a pesar de todo, sonrío. Que es con tus pestañas con quien sueño por el día y tu piel la que me acaricia por las noches. Imagino uno de tus besos en mi mejilla, tus labios deslizarse sobre mi pecho, al sol darle color a tu pelo, al mar susurrar tu nombre mientras que el viento lo grita abrumado. Las yemas de tus dedos me proporcionan la corriente eléctrica que mi corazón necesita para palpitar, tu voz llena mis pulmones de aire, tu risa mueve mis músculos; esa esencia que llevas por aroma, que me hace cerrar los ojos y volar. No dejo de mentirme una y otra vez, de ilusionarme con que la próxima vez que te vea me entrometeré entre tus dientes y tu lengua, que serán las olas quienes te traerán hasta mí, las estrellas quiénes me digan lo que sientes. Salgo para respirar y el frío azota mi rostro y mis hombros. Esa bocanada ha atravesado mis pulmones como si una cerilla los recorriera. Esa cerilla eres tú. Ese fuego que me abrasa y destruye por dentro es lo que siento cuando te miro a los ojos. Duele. Lo tengo asumido. He aceptado que cada gota de agua que se derrame de esta bañera y caiga haciendo ese sonido hueco que me ensordece, es el tiempo que he perdido pensando en ti; aunque sé que siempre me quedará esa magia que impregna el azúcar de tu piel.

miércoles, 11 de enero de 2012

Permanecer de pie y luchar.

—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De equivocarme.

Cuando las dudas abaten nuestra mente, cuando las ramas del árbol en el que dormimos están a punto de quebrar, cuando la música no nos regala un sabor dulce que explota en las comisuras de nuestros labios hasta llegar a nuestra lengua, cuando no llega la noche para cubrir nuestras lágrimas con la oscuridad; es, en ese instante, cuando debemos dejar que nuestros sentidos actúen por nosotros. Barajar las opciones, apostar por nuestra vida, arriesgarnos a perder. Cometer errores es de ser persona, de cumplir con tu misión en la naturaleza. Pero no estamos aquí para limitarnos a ello. Vivimos por una razón que todo el mundo desconoce, una idea que nuestra mentalidad jamás sabrá aceptar o entender, pero que el cielo, las nubes y las estrellas saben plasmar en el mundo. Los ignorantes creen que un consejo son meras palabras que te hacen sentir bien por unos minutos, que solo lo dicen aquellas personas que, por no querer afrontar sus problemas, intentan solucionar los de otros para no sentir un vacío existencial, por eso ellos nunca sabrán lo que significa la frase "he aprendido de mis errores".


Nunca aceptes un "no" por respuesta, lucha por lo que quieres sin dejar a un lado tus ideales, ya que serán los mismos los que describirán las huellas que has dejado por tu camino. Sé tu mismo, que las cosas buenas llegarán antes o después. No cambies, porque lo que te depara el tiempo es mucho mejor que lo tú quieres tener. Vuela, raspa la luna con tus pestañas. Deja atónito al reflejo de los charcos con una sonrisa, juega con tu sombra a desaparecer ante la mirada del sol, cuenta historias a tus sueños, dale vida a tus sábanas a la hora de dormir. Porque, la única solución es permanecer de pie y luchar, escuchar cómo se quiebran las ramas, caer al suelo y levantarte.

—Ya no tengo miedo.
—¿Por qué?
—Porque sé que si me equivoco siempre tendré otra oportunidad para hacerlo bien.